Arturo Bottai conoció a Maria Valtorta en la costa de Viareggio cuando ella era niña y, junto con su familia, mantuvo una estrecha amistad con ella, visitándola, escribiéndole y teniéndola en alta estima tanto a ella como a sus escritos.
Falleció casi centenario, ostentando el rango de inspector de los Ferrocarriles Estatales Italianos. Fue un encomdatore y una persona verdaderamente excepcional.
Extremadamente meticuloso, sometió a Maria Valtorta a un revelador cuestionario, además de desvelar su carácter en la vida cotidiana a través de su correspondencia. Respecto al cuestionario, María Valtorta dice: «Les pido que mantengan estas respuestas en estricta confidencialidad y que guarden absoluto silencio sobre mi nombre, etc., con todos, excepto con mis allegados.
Pero si algún día la envidia de los hombres, movidos por Satanás, quien me odia a mí y a la Obra, sabiendo cuántos pecadores le hemos arrebatado, causara daño distorsionando la realidad, entonces, viva o muerta, les autorizo a hablar para restablecer la verdad.
Porque es lo correcto; y es servir a Dios defender su Obra, un don de la Gracia para nosotros, pobres mortales, que luchamos con tantas cosas que pueden hacernos perder la luz que nos conduce a Dios».





