Los escritos de María Valtorta nos presentan al pescador que dijo de sí mismo: «Me asusta demasiado… pensar que soy un “apóstol”. […] Ser… ser demasiado… demasiado gordo comparado con el barro que soy, y temer que el peso me haga derrumbarme… Temeroso de… ser orgulloso y comportarme como un gallo… Temeroso de que… con la idea de que soy un apóstol, los demás… los discípulos, quiero decir, y las almas buenas se mantengan alejados y guarden silencio aunque me equivoque…» (EMV 382.4). Pero Simón es también aquel a quien Jesús le dirá: «[…] después, la luz vendrá sobre ti, no por un instante, sino para una unión indisoluble del Espíritu eterno con tu alma, que hará infalible tu enseñanza acerca del Reino de Dios. Lo mismo sucederá con tus sucesores como contigo, si viven de Dios como su único pan». (EMV 180.5)
Pedro estaba casado con Porfiria, una mujer discreta y virtuosa, pero la pareja no tuvo hijos. Adoptaron a un niño, Marciam (Marcial), quien se convertiría en evangelista.
La personalidad de Pedro, sus debilidades y su valentía lo convirtieron en un importante testigo de la vida de Cristo y en un pilar de la fe cristiana.





